MI CONFRONTACIÓN CON LA DOCENCIA
A decir verdad en mi juventud, nunca tuve la idea de ser maestro. La vida tiene caminos que nos guía a sitios, lugares y circunstancias insospechadas. Al salir de la preparatoria en México (1986), me inscribí a la ESIQUIE del IPN, para ingeniero metalúrgico, pero en mi casa, tenía una actividad muy constante en la parroquia de mi colonia y de ahí nació la inquietud de ser seminarista, Dejé la escuela o mejor dicho, nunca fui a la escuela superior y me fui al seminario franciscano en Guadalajara en agosto de 1986, hice los estudios propios de la Orden y después del sacerdocio.
Estudié filosofía por tres años (1992 – 1994), e iniciamos los estudios desde la filosofía contemporánea, fue donde conocí al existencialismo tanto el ateo como el cristiano, y otras materias más. Después estudié la teología en Monterrey (1995 – 1997), nunca había estudiado algo tan grandioso como ella, me impresionó tanto su profundidad, su elegancia, y nada era la filosofía comparada con ella.
Desde el tiempo de mis estudios filosóficos me interesó la formación de los estudiantes seminaristas, había tantas cosas que cambiar, había tanto que corregir, pensé que podría contribuir a la formación de nuevos frailes que los hiciera no sólo a sus conocimientos, sino a vivir mejor su vocación, sentía que tenía mucho que aportar. Algunos de mis profesores fueron un paradigma a seguir por su ejemplo, su humildad, su preparación y espiritualidad. Me entusiasmaba la guía espiritual de los seminaristas, pero después de varios problemas personales, aunado a esto problemas con mis formadores, salí de ahí. No dudé en hacerme maestro pero no tenía carrera magisterial, así que revalidé mis materias de filosofía en la UNIVA, fui pasante y de esta manera conseguí un trabajo en una preparatoria en Baja California donde el director era un Sacerdote amigo mío, quien no dudó en contratarme.
La única experiencia de clases eran las que había impartido en una escuela de espiritualidad y otra de pastoral, las que teníamos con los grupos juveniles o en las misiones que nos enviaban en las vacaciones. Mis primeras clases fueron un tipo de experimento, posteriormente fui creciendo en práctica y me inscribí a cursos que me ayudaran a ser mejor profesor y a que aprendieran mejor mis estudiantes. Siempre me gustó la disciplina en el estudio, tanto en mi persona, como en mis alumnos. La renovación pedagógica es un desafío personal y le da una vida a nuestra enseñanza. Siempre he pensado que la disciplina es un elemento indispensable para lograr a aprender, una disciplina no intransigente, sino una disciplina asumida con responsabilidad, dialogada e inteligente. Una disciplina que ayude al alumno a superar sus vicios en su actuar académico y no un obstáculo más para que fracase.
Pienso, como anteriormente había dicho, siento que tengo mucho que aportar a mis alumnos, aunque sé que no siempre he sido el ejemplo que debo ser. El profesor no debe ser sólo una biblioteca portátil que desparrama contenidos, sino además de conocimientos debe enseñar con el ejemplo. El compromiso del profesor es muy fuerte, es un líder, aunque a veces no lo queramos ver así. Debe saber que el material que enseña va dirigido a personas y que cada una tiene una historia que lleva todos los días al salón. El profesor nunca debe olvidar esto: tratamos con personas, formamos personas, y esto es mucho. Claro, esto lo veo desde el punto de vista de mi formación humanística, pero igual creo que los profesores de ciencias exactas deben comprender esto: La educación tiene un rostro humano y nosotros debemos dárselo. Formamos conciencias y opiniones, una mala decisión puede afectar a un alumno durante toda su vida y viceversa. A los alumnos hay que enseñarlos a pensar y sentir, y hacer pensar y sentir. Hay que hacerlos críticos, autocríticos y propositivos. Y de esta manera también el profesor sigue aprendiendo a ser autocrítico y a escuchar a sus alumnos son los que le dan luz al maestro de dónde va, de cómo va. Esta interacción enriquece tanto al maestro como al alumno, así como al proceso educativo. Hay que rescatar el valor humano del conocimiento. Y todo lo humano tiene un valor en sí. Hay que ayudarles a comprenderse a sí mismos. Lo único importante son los alumnos, el aprendizaje debe estar centrado en él y no en el profesor, y todo lo que haga el profesor en sus clases, su preparación, su actualización debe ser en vistas de enseñarle mejor al estudiante y no de lucirse y presumir la gran cantidad de conocimientos. La humildad debe ser un valor indispensable en la persona del docente y la constante escucha del alumno.
He tenido la experiencia de dar clase en secundaria y en universidad, y la adolescencia es una etapa que debe cuidarse mucho por las condiciones que todos conocemos que tiene esta fase. En el bachillerato, el alumno debe tomar decisiones muy importantes en su vida, que tanto le pueden beneficiar si lo hace adecuadamente, o lo pueden perjudicar si lo hace sin pensar en las consecuencias; es este el momento en que elige una carrera que dirigirá su acontecer profesional en su vida adulta y en algunos casos, se comprometen a vivir en pareja y a entrar en la vida económica activa. El profesor tiene que hacer las veces de asesor, de psicólogo, orientador, hasta de papás, Esto da muchas satisfacciones pero también no pocos problemas, el compromiso con un alumno es desgastante, frustrante, pero también nos ayuda a crecer y a no olvidarnos que alguna vez al igual que ellos fuimos adolescentes con problemas, y que necesitamos algo de comprensión y ayuda. Y creo que muchos maestros le “sacamos” a este tipo de compromisos. Es más cómodo dar la clase, y seguir adelante, dejar tareas, pero sin involucrarse en otras cuestiones más personales. Es cierto que si no puedo ayudar a un adolescente, sí lo puedo encaminar. El docente debe ser un profesional del proceso comunicativo y esto requiere entrenamiento, reflexión y la búsqueda de un estilo ya depurado para lograr la empatía con el alumno.
Las satisfacciones de esta profesión son las de ver a mis alumnos en vías de progreso de ser mejores, tanto en su inicio de su universidad, cuando logran aprender algo que les ha costado mucho aprender o dominar, el pasar sus exámenes a título, para no perder el semestre, La madurez que van adquiriendo en estos tres años, que para algunos serán los mejores de su juventud. El crecimiento de tomar sus propias decisiones y aventurarse a salir de la región para conseguir sus proyectos. El compañerismo de los profesores, a pesar de los problemas propios de las relaciones humanas, en el plantel donde trabajo somos como 20 docentes que con todo y diferencias, cuando se trata del bien de los estudiantes no dudamos en lograr los consensos y colaborar. Es un ambiente sano de trabajo. La institución nos ha estado capacitando continuamente, y eso es muy bueno, tanto para mí como para los alumnos.
Los motivos de insatisfacción que logro percibir que no dejan de ser inquietudes en el alma, es que en muchos alumnos no les veo esa visión ni ambición por ser mejores, tienen una visión derrotista de la vida y por más ayuda que se les brinde no cambian de actitud, las condiciones de las aulas y el mobiliario no son las adecuadas, a veces las políticas que utilizan los directores con respecto a los docentes no son muy buenas, ya que parece que de lugar que seamos compañeros parecemos sus criados, empleamos horas en la casa para preparar clase, calificar exámenes o trabajos sin que esto sea retribuido y reconocido, dejando tiempo de aprovechar con la familia (de por si trabajo en la mañana y en la tarde-noche, que llego a cenar en la casa y todavía con trabajo escolar).
No dejo de pensar que es una profesión, e incluso una vocación para el que así lo considere. Muy noble y muy esencial en la vida es la educación. Y gracias a la vida o a Dios tengo esa misión y me estaré actualizando por la convicción que tengo de la importancia de este trabajo, esto por mis alumnos y por mis hijos que en un determinado momento alumnos serán.
Oscar Río Campos B.